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Now playing: Extreme ways, compuesta por Moby, no sé quién interpreta

15.11.08

Vida y obra de Roger Horwell

La biografía escrita por la autora Autumn Scorcety, hace un par de años, empezaba con la singular historia de los antepasados del personaje que nos ocupa. Admite la idea de que si Roger Horwell se convirtió en artista, quizá se deba a su singular abuelo, Stevens Horwell, un empedernido crítico de arte bastante frustrado, que sabía lo mismo de pinturas que lo que una foca sabe de maullar. Para desquitar su furia (que era bastante) se consiguió a una mujer francesa, Rossanne Martel, lo suficientemente pose (boina, cigarro, falda, oh là là) como para procrear a tres hijos sin chistar y nombrarlos como pintores. Martel estaba llena de amor, era ingenua y sonreía cuando veía pasar una nube, así que ¿por qué no permitirle una pequeña excentricidad a su marido? Así nacieron Picasso Horwell, Munch Horwell y Rembrandt Horwell, trillizos casi idénticos. Después Stevens recordó a ciertas tortugas de una caricatura y se lamentó tanto tanto, pero era demasiado tarde.

Cabe decir que Picasso Horwell no ostentaba ninguna obsesión en especial y que Roger le pareció el mejor y más adecuado nombre para un niño sano, vigoroso y que, además, tenía un diente de más en sus premolares desde que era un bebé. "Era tan lindo" mencionaba Lucy Henriette Varz, enfermera del hospital donde nació Roger "pero ESE diente era como un tumor saliéndole de la boca, bola de sal petrificada, hueso carcomido... no por nada le decíamos cabeza de mármol Horwell... pero aún así era una cabecita tan linda".

El primer prodigio artístico que realizó Roger Horwell fue a los cinco años de vida. Roger, enamorado encontradamente de una niña que tenía la reputación de hacer magia con los ojos, llamada Lorena Valdívar, buscó una forma para llamar su atención y lo logró. Al descubrir el efecto que hacía sobre ella la música, en especial la sonata en Do mayor de Wolfganstein, se dispuso a conquistarla con sus habilidades musicales. Encontró un piano de juguete, lo posó en sus piernas y llamó a Lorena para que escuchara lo que le tenía preparado. Roger acababa de escuchar a Wolfganstein y ahora se disponía a reproducirlo de oídas en ese pequeño piano de juguete. Y lo hizo. Claro, de una manera espantosa que sólo le ganaron dos cachetadas (una en cada mejilla) y un montón de celos cuando Lorenita prefirió irse con Robert Tisdale, sólo porque su acento circunflejo era más inclinado que el de Roger. Allí descubrió que la música no era lo suyo.

Su maestro de primaria, Michael Martínez, menciona con respecto a Roger: "Sus intentos por sobresalir eran muy descabellados: solía arrancarse el cabello para que las niñas lo notaran". Sin embargo, esta es una conducta típica de baja autoestima, nos dice Michael Martínez, también terapeuta.

Los años pasaron sin ningún acontecimiento rescatable. Roger sentía una profunda inclinación a los libros: recordémoslo, su espalda tenía una leve desviación hacia adelante, donde generalmente estaban los textos. Aislado en su habitación, jugando a armar aviones de escala imaginarios, Roger se distraía viendo hacia la ventana, que daba a una pared gigantesca y que le tapaba cualquier vista que pudiera ser deleitosa. Su imaginación se disparaba, pero siempre rebotaba en aquel muro.

Después de muchos "de la noche a la mañana", el buen Roger entró en el periodo que, según el historiador Michael Martínez, es llamado como "adolescencia".

¡Qué terrible, qué terrible es la adolescencia!
María
si por fin salimos en el mismo vuelo
permite que aterricemos juntos
por favor.
¡Qué terrible, qué espeluznante es la adolescencia!

Versos que, después de que nuestro literato sufriera otra decepción amorosa al lado de una contorsionista de circo llamada María, escribirá Roger para definir tan precisa y confiadamente esa etapa de su vida. Es el momento cumbre en el que Roger descubrirá su vocación literaria y hará tantos experimentos le permita su mente. En este período ("conformismo radical") Horwell iba a las plazas públicas de su ciudad natal y fingía ser una fuente escupiendo toda el agua que podía por la boca; memorizó casi todo el libro Ni mi mosca nimiedades de Mattías Rubiel, que después conocería bajo una lluvia y una llanta ponchada; detuvo el sudor de sus manos con ayuda de la telequinesia y consiguió que el presidente de su pueblo natal, Guillermo Scott, dijera "refunfuño" tres veces seguidas.

Acostumbrado a oír siempre la expresión de "la persona que te cambiará la vida", Roger iba preguntándole a las mujeres si ellas eran las adecuadas para tal tipo de tarea. Así es como conoció, a los 18 años, a Amy Holmes, mujer bestial con cara de ángel y alma de diablo que sería el amor platónico, aristotélico y freudiano de Roger para toda la vida. Se conocieron en la cafetería de la escuela cuando ella le pidió, amablemente, que le pasara la salsa catsup. Roger no pudo resistirse y le aventó un piropo: "Tú serás la mujer que cambie mi vida. Jamás nadie con tan linda voz me había pedido una salsa tan roja como tu pantalón". El problema era que el pantalón de Amy era azul y lo rojo, bueno, ustedes saben, los accidentes pasan.

Amy y Roger fueron una feliz pareja durante veinte minutos e infelices durante el resto de sus vidas. Solían compartir actividades juntos como el descubrimiento del cabello, la retícula de las uñas y la admiración de mirlos en las calles. Los problemas reales iniciaron cuando Amy se fue con un latino, vividor (tenía 27 años, había vivido demasiado) y maloliente (no usaba desodorante), llamado Carlos "el te despellejo" Martínez, y Roger se fue con... con su tristeza a su casa y a llorar. Roger intentó salir de su depresión saliendo con cualquier cosa que se le ponía enfrente: su cita más exitosa fue con el lavavajillas. Amy y Roger regresarían una y otra vez y en cada relación su felicidad sería mayor, pero el sentimiento de humillación y pusilanismo también crecería considerablemente. Este poema refleja la tristeza de Roger en esa época:

Tengo un espejo
donde se refleja mi infelicidad.

Su editor (porque le editaba) y su mentor (porque se la...), Clive, le pagaría un viajecito a las islas sureñas, donde el calor y el buen clima hicieron que Roger se olvidara de Amy y se dedicara a su verdadera pasión: las letras. Compró miles de alfabetos donde venían las letras en todos los idiomas (las letras en inglés, español, italiano, francés y portugués) y pasaba horas y horas en el suelo de su casa rentada por su editor (cabe aclarar que Roger aún no publicaba nada importante, sólo algunos poemas, dos cuentos y un manual sobre cómo convertir el papel sanitario en guantes para operaciones matemáticas. Pero Clive tenía fe en él). Roger conocería en esa pequeña isla a Pedro Velázquez, el que atendía el minibar, inspirador del cuento El bar es una barra, Santiago Cossío, el apostador, Natalia Contreras, una de sus principales musas y también partera y a Sammy Goodwill, la que fue su novia debido a que su vestido era del mismo color que las cortinas de la casa en la que Roy vivía.

En aquella isla surgió el libro que más dinero le daría a Roger: Variaciones de un tema de correo electrónico. Inspirado en Natalia, el libro describía ciento treinta y ocho partos escritos en octosílabos y divididos por correos electrónicos. Las descripciones eran deliciosamente violentas:

Correo electrónico, día 26 de febrero
Películas de piel, rojas,
tu vientre, asquerosa sangre,
un cuchillo te perfora
y sale ese monstruo, tu hijo,
entre tripas y una rosa.

Natalia y Roger se casaron un día de agosto, días antes de que naciera el pequeño Roger Patrick. Como Natalia era la única partera, ella tuvo que asistir en su propio parto, lo que conmovió y causó controversia tanto a propios como a extraños. La tarea de ser padre le pareció a Roger sumamente agotadora (todas las gotas del biberón, las gotas del agua, las gotas de ácido, todas se terminaban), así que decidió regresar a su país natal, abandonando a Natalia a su Suerte (Suerte Smith era un carpintero de la isla). [Para mayores referencias, Roger Patrick describe la relación con su padre en Necesito un pañal, papá.]

Amy y Roger volvieron a estar juntos. Clive comenzó a desesperarse por la actitud de superestrella que tomaba Roger y le dijo que si no conservaba la estabilidad en su vida, se las vería con el asegurador de estática local. Así Roger y Amy dirigieron la Sede del Coro Musical Internacional por una noche. Duró una noche porque ninguno de los dos sabía nada de música, como se demostró en la anécdota de niñez. Sin embargo esta oportunidad hizo que Roger conociera a Sofía Berinstain, mujer que solía patrocinar a muchachos con algún ápice de calidad narrativa. Claro, terminó regalándole una beca a Roger porque se enamoró de él y no porque en realidad viera algo en su literatura. Juntos se fugaron mientras Amy tomaba el sol en la azotea de su casa. Cuando Roger y Sofía se hartaron, tres meses después, Amy estaba lo suficientemente bronceada y, según sus declaraciones, nunca notó la ausencia de Roger. De aquí para adelante, Roger y Amy se quedarían juntos. Pero no duraría mucho.

Lorenzo Salas, el cartero de nuestro escritor quien luego redactara una complicadísima obra literaria intitulada El cartero de Horwell, famoso por su doble vida (murió y reencarnó), diría que la literatura de Roger lo había cambiado por completo: "Mientras leía uno de sus libros, Las rusas no nacieron para contar, me atropelló un camión de latas de cocina instantánea. Sí, definitivamente me cambió la vida". El chofer del camión de latas de cocina instantánea, un hombre identificado como Julio Revuelta, dijo que le encantaba beber cerveza con sus amigos. Sin embargo, en entrevista con los amigos de Julio, ellos dijeron que nunca era bienvenido a las reuniones puesto que no traía la botana a tiempo. Años después, Julio desmintió tan brava acusación.

Sería Salas el que, en un afanoso intento de venganza, terminaría dejando a Roger en el hospital. Salas fue a casa de Roger a devolverle una escalera eléctrica que Roger le había prestado, pero, en un momento de ira, Salas le enterró la escalera en pleno apogeo y lo único que Roger pudo hacer fue rezar porque sus gatitos quedaran a salvo. Avergonzado, Salas lo llevó al hospital, donde el dr. Catalino Selby le diagnosticó cáncer, puesto que en las radiografías aparecía un tumor gigantesco con forma de escalera.

Un último libro saldría de los suspiros agonizantes del autor, Balbuceos dadaístas donde, casi sin poder hablar, lo único que decía era cosas incoherentes como "todos los políticos son honestos", "Julieta Pereiros es mi novia" y "¿dónde han guardado el cortaúñas?". Este libro está aderezado con Mil Islas y con las descripciones silenciosas que hace Amy de los últimos días de vida de Roger. "Día agonizante 16. Estuve con Roger toda la tarde. Esto dijo: ...". Antes de morir, una estudiante de medicina, Melissa Earhart, notó que el tumor en forma de escalera era en realidad una escalera. No pudieron hacer nada para salvarlo.

Días después, a la edad de 56 años, Roger Horwell pasó a mejor vida. Entre otros libros que nos dejó fueron Los vasos desechables, El castigo del terror, Elige un diamante para tu anillo pero ése no y su tesis de literatura, en la que demuestra que si un autor no existe, por ende, su personaje tampoco. Cerca de cumplir un año de muerte, brindo por usted, señor Roger Horwell.

3 comentarios:

Viviana Varchola#.ok! dijo...

Hello!

La neta de la verdad es que me tomé la libertad de copiar el cuento para leerlo con calma y saber que onda.

Sacare de nuevo el cintillo de avisos para que los interesados lo vean en mi blog uhu!!!


saludos

feliz puente

3
2
1
off///

Edith Onofre dijo...

CARAY, Yo leí os vasos desehcables y me senti conmovida por el vacio dejado por estos, y cuando trabaje en una prestigiosa joyeria de una tal Anelly, el primero libro que nos hacian leer era el de "elige un diamante para tu anillo pero ése no". Soberbio por cierto. uno en el descubre el significado de las luces bailarinas del circulo polar.

en fin.
saludos!!

pd. que chido le quedo

El Primer Ripio dijo...

New York, New York, but, haré lo posible por participar.

By the way, ya encontré un personaje no tan inteligente.