Dale al play si quieres escuchar.

Now playing: Extreme ways, compuesta por Moby, no sé quién interpreta

13.2.09

Happy Valentine

I had to close down everything
I had to close down my mind
Too many things to cut me
Too much can make me blind
I've seen so much in so many places
So many heartaches, so many faces
So many dirty things
You couldn't even believe
-- Moby, Extreme ways

A veces soy un remolino y garabateo nombres en el aire. Mi hermano me lleva. Pregunto por el camión. Una novata le pregunta a su jefa si sólo lo dice o qué. Número. Espero pero nada llega. Entro para afuera y guardo silencio. Mi maleta me sirve de silla. National Geographic me dice que ahorre energía. Que mi ce o dos es alto. Pienso en que desconecto los enchufes cuando no los uso. Llega. El chofer le dice a una persona que se siente donde pueda. Yo pienso que para qué me preguntan qué asiento quiero si al final me voy a sentar donde pueda. Y me siento donde pueda. La persona de al lado trae sombrero. Proyectan Mr. Woodcock. No me río. El señor quiere hablar pero no tengo ganas de hablar. No sé hablar. Pregunta sobre mi destino. Le contesto. Pregunto de vuelta. Me contesta. Pregunta la hora. Hace preguntas sólo para afirmar si está en lo correcto. Sabiendo las respuestas. Quiere hablar. Pero él tampoco sabe hablar. Sólo las personas reales saben hablar, pienso. En algún momento me dormí. En algún momento varios niños lloraron. En algún momento me perdí y sigo allí. La esencia. Como un respiro. Como el aura. Luego está la tercera parte de Pirates of the Caribbean pero me pierdo con facilidad. El sonido no es bueno. Tras cinco horas me enfrento con el destino. Apéome. Me despido. Pido un taxi. Cuando el taxista baja descubro que no tiene la mano derecha. Quiero preguntarle por qué. Imagino que todos le preguntan eso. Pero prefiero quedarme con la duda. Las dudas a veces son mejores. Porque, sospecho, sólo la perdió por una enfermedad. Le pido que me lleve a un hostal barato. Híjoles. Él dice que conoce muchos pero que no conoce los precios. Finalmente me lleva a un hotel. Un hotel caro. Pienso que es demasiado caro. Y que la tele se ve mal. Y no tienen control. Ni bañera. Y la ubicación no es tan buena. Pero, asombrosamente, queda muy cerca de mi destino. La calle de las librerías. Una, dos, tres librerías. Nada nuevo, dijimos. Marco números de celular pero todos nos estamos rascando el ombligo. Todas las florerías están abiertas y ofrecen arreglos. Están vacías de gente. Veo a un hombre enorme sentado en un escalón. Pienso que no se puede mover y prefiere quedarse ahí. Lentamente, recuerdo. Recuerdo los hoteles. Las calles. Los olores. Los jóvenes. Sí, yo me había quedado en aquel hotel. Yo fui a aquella biblioteca. Paseé por aquella plaza y comí en aquel restaurante. La ciudad no es ajena. La ciudad es mía. Yo la bauticé cuando tenía un año. Compro dos libros por su precio. Literatura joven en la que no creo y Paco Nacho Taibo II. Trato de regresar. Paso por un concierto al aire libre. Música mexicana. Bésame, bésame mucho. Como si fuera esta noche. La última vez. Tengo pánico porque me pierdo por un momento. Me paralizo. Sanborns. Vips. Dónde estoy. Dios. Dios me enseña una iglesia que parece gótica. Me acerco. Callejuelas. Se celebra un quinceaños. La chica, de blanco, se toma fotos con niños. Le dice a su sobrino que se acerque. Él le rehuye. Todos reímos. Aunque alguien me ve con cara de, Usted por qué se ríe. Regreso. Sigo el camino. Encuentro, de nuevo, al señor enorme. En el hotel pido un control remoto que nunca traen. Tomo el mapa y marco lugares. Busco pacientemente los nombres de las calles. Carezco de índices. Oigo la voz de alguien indeterminado que me dice que si preguntamos a alguien todo sería más fácil. Pero me niego. Tengo todo el tiempo del mundo. Encuentro un par de calles y salgo a la calle. Quiero cenar. Cuál es el lugar adecuado. Entro al Paraíso. Finjo buscar a alguien y finalmente me siento afuera. Un bonito lugar. Nadie me atiende. Escapo. Luego subo a otro restaurante. Antes de entrar miro los adornos. Sí. Definitivamente. Yo había comido allí alguna vez. No quería repetirme. Salgo y sigo caminando. Ningún lugar es perfecto. En algunos hay mucha gente. En otros ninguna. El que parecía perfecto está cerrando. Paso por un callejón. Unos chicos fuman sustancias ilegales. Otros bailan. La cerveza los anima. Entro a la taquería. De Wendy. Quiero preguntarle a la mujer quién es Wendy. Pero, de nuevo, me abstengo. Pienso que me responde que Wendy es la esposa de ese señor. Como rápidamente. No me había dado cuenta: tengo toda el hambre que se puede tener. Regreso. Mismo camino. Encuentro a un hombre, sentado en una esquina, vomitando. Era la segunda vez que lo veía. Las niñas tienen miradas indiscretas y los niños saltan como venados. Paso por más florerías. Siguen abiertas a pesar de ser increíblemente tarde. Dudo de todos y de todas. Digo para mí que es mejor que cierren. Que está bien que sea un día célebre, pero bueno, nadie comprará a estas horas. Y entonces, el milagro. Una camioneta se orilla. El conductor cuenta dinero. Y del asiento del copiloto, sale un hombre. Milagro, milagro. Se han detenido para comprar flores. Happy Valentine.

7.2.09

Cecy y Julio

-En orden para obtener las grandes cosas de la vida, esas que están endulzadas con azúcar y que saben a gloria (gloria aleluuuuuya...), se deben hacer sacrificios, Julio.
-Sí, Cecy.
-¿Entiendes?
-Sí, sí, es como cuando decides no comer el arroz que tanto te gusta para llegar temprano a ver una película.
-Ejem... sí, algo así.

(pequeño diálogo de esta pareja. Por acuá también tuvieron una charla)